LA RACIONALIDAD HUMANA

Los seres humanos hemos evolucionado a lo largo de la historia adquiriendo y mejorando diferentes capacidades mentales que nos han permitido aprender, inventar o utilizar diferentes estructuras lingüísticas, lógicas, matemáticas… El ser humano es por tanto un animal extraordinario que posee y al que se le han atribuido muchas capacidades diferentes, entre ellas la racionalidad.

Pese a ser “el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra”, la concepción del ser humano como un ser completamente racional ha dado lugar a diferentes teorías que han tenido una fuerte influencia en varios campos de estudio, como la economía, la política o las ciencias sociales. Entre las teorías más destacadas e influyentes resalta la Teoría de la Elección Racional. Esta teoría, que nace en las ciencias sociales aplicándose especialmente en el ámbito económico, afirma que el individuo tiende a maximizar los beneficios y a reducir los costes y descarta cualquier tipo de decisión que no sea puramente racional (Scott, 2000). Pese a la influencia que ha tenido la concepción del ser humano como un ser racional en diferentes modelos económicos, políticos y sociales, lo cierto es que el ser humano no es tan perfecto como nos gustaría creer. Son diferentes los autores que han sido reconocidos por sus diferentes demostraciones de cómo el ser humano comete errores cognitivos que le perjudican día a día. Entre los más reconocidos, destacan Daniel Kahneman, Amos Tversky y Richard H. Thaler, siendo el primero el único psicólogo en haber ganado un premio Nobel hasta la fecha.

¿Es el ser humano un ser racional?

En contraste con el Homo Economicus (concepto utilizado para representar a un ser humano que se comporta de forma estrictamente racional), el Homo Sapiens comete errores, se olvida del cumpleaños de su pareja, pierde las llaves de casa y sucumbre fácilmente ante las diversas campañas publicitarias.A menudo creemos que la falta de información es lo que lleva a las personas a actuar de forma que les es perjudicial para ellos mismos. Sin embargo, tomemos como ejemplo la tasa de sobrepeso y obesidad en nuestro país. Pese a que todo el mundo conoce las consecuencias negativas del sobrepeso y la obesidad, en España, un 39,3% de sus habitantes tienen sobrepeso y un 21,6% obesidad, según el Estudio Nutricional de la Población Española publicado en 2016. Podríamos decir que estaríamos pecando de optimismo si creyésemos que todas estas personas están eligiendo de forma óptima su dieta durante el día a día. No obstante, este problema no es específico a las elecciones a la hora de comer*, también atañe a cuestiones como el alcohol*, el tabaco*, decisiones económicas, etcétera.

Nota*: Entendemos las adicciones como un problema multifactorial que no puede ser limitado a un único factor ni a una falta de “voluntad” de la persona. En el presente artículo se hace referencia a la atribución de riesgos por parte de la población a determinadas decisiones o hábitos.

¿Cómo piensa el ser humano?

Psicólogos y neurocientíficos han descrito cómo el funcionamiento del cerebro nos permite ser tan listos en determinadas situaciones y parecer tan exageradamente tontos en otras. Walter Mischel (2014) diferenció entre “cool system” y “hot system”; Daniel Kahneman (2011) entre pensamiento rápido y pensamiento lento y, por último, José Antonio Marina (2012), entre inteligencia generadora e inteligencia ejecutiva. Nosotros nos vamos a centrar en la teoría de Kahneman, distinguiendo así entre dos tipos de pensamiento. El primero de ellos actúa de forma rápida y automática, prácticamente de forma involuntaria. El segundo es un sistema lento y que requiere esfuerzo, y opera en aquellas actividades mentales que exigen cierto esfuerzo. Veamos un ejemplo de estos dos sistemas:

  1. Un bate y una pelota cuestan 1,10 euros en total. El bate cuesta un euro más que la pelota. ¿Cuánto cuesta la pelota?
  2. Si 5 máquinas hacen 5 artículos en 5 minutos, ¿cuánto tardarán 100 máquinas en hacer 100 artículos?
  3. En un lago hay una superficie cubierta de nenúfares. Cada día esa extensión dobla su tamaño. Si tarda 48 días en cubrir todo el lago, ¿cuánto tarda en cubrir la mitad del lago?

La mayoría de las respuestas, incluso en población universitaria, ante estas preguntas son: 10 céntimos, 100 minutos y 24 días (las respuestas correctas son 5 céntimos, 5 minutos y 47 días). Esto son ejemplos de respuestas que da nuestro sistema de pensamiento más intuitivo, que también interviene en diferentes acciones como conducir por una carretera vacía, responder cuánto es 2+2 o notar que una persona está enfadada. Por otra parte, el sistema de pensamiento lento es aquel que interviene ante situaciones como resolver una ecuación, reconocer una voz específica entre la multitud, buscar una persona con determinadas características entre la población, etcétera.

Pongamos como ejemplo la siguiente operación “35x43”. Sin llegar a hacer la operación, podemos descartar que las respuestas no son ni 10, ni 2.434.543. No obstante, si queremos llegar a la solución real, tenemos que dedicar cierto esfuerzo a la tarea para hallar que la solución correcta es 1.505. La diferenciación entre estos dos sistemas de pensamiento nos ayudará a entender cómo y por qué se producen los diferentes sesgos cognitivos de los que hablaremos en este artículo.

¿Qué es un heurístico? ¿Y qué son los sesgos cognitivos?

Los heurísticos son reglas sencillas que tomamos para orientar nuestra toma de decisiones, ahorrando así recursos mentales y resolviendo el problema que se nos plantea de forma casi automática. No obstante, pese a que los heurísticos suelen ser eficientes, también pueden llevarnos a caer en determinados sesgos cognitivos. Es decir, en un error irracional basado en la interpretación de la información disponible. Un ejemplo de heurístico serían los estereotipos o nuestros prejuicios ante determinadas personas, grupos o corrientes políticas. Pongamos un ejemplo de un problema que se planteó en diversas universidades, el problema de Linda:

“Linda tiene 31 años. Es soltera, extrovertida y muy prometedora. Se licenció en filosofía y, cuando era estudiante, estaba muy comprometida contra casos de discriminación y contra la injusticia social, participando también en manifestaciones antinucleares.”

Ordenado, de mayor a menor en función de la probabilidad que le otorgas, las siguientes descripciones de la situación actual de Linda.

  1. Linda es profesora de enseñanza elemental.
  2. Linda trabaja en una librería y recibe clases de yoga.
  3. Linda participa en el movimiento feminista.
  4. Linda es una trabajadora psiquiátrica social.
  5. Linda es miembro de la Liga de Mujeres Votantes.
  6. Linda es cajera de un  banco.
  7. Linda es una agente de seguros.
  8. Linda es cajera de un banco y participa en el movimiento feminista.

Como se puede apreciar, la descripción de Linda es más representativa de una activista feminista que de una cajera de banco. Los autores de este problema esperaban que las personas atribuyesen una mayor representatividad a la atribución de dos atributos, ser cajera y feminista, que a la del atributo menos representativo del problema. Y efectivamente, el 85% de las personas creían que era más probable que Linda fuese cajera de un banco y feminista que simplemente cajera de un banco (Tversky y Kahneman, 1983). A este error le denominaron la falacia de la conjunción.

A pesar de que existen  numerosos heurísticos que intervienen en nuestras decisiones durante el día a día, en el presente artículo destacaremos tres, que son: el heurístico de anclaje, el de disponibilidad y el de representatividad.

El primero de estos heurísticos, el efecto ancla, consiste en la emisión de un juicio final que otorga un valor arbitrario sesgado hacia un valor númerico inicial que se considera relevante respecto al problema a resolver. Por ejemplo, imaginad que os preguntasen si un deportista al que estáis viendo puede levantar 200 kilogramos en press banca. En caso de contestar que no, seguidamente vendría una nueva pregunta, “¿cuántos kilogramos puede levantar este deportista?”. La respuesta a esta segunda pregunta será una cantidad más alta que si inicialmente se os hubiese cuestionado por la posibilidad de que esa persona pueda levantar 100 kg y no 200kg. Esto es lo que se denomina efecto ancla (Tversky y Kahneman, 1974).

El segundo de ellos es el heurístico de disponibilidad. Este nos lleva a tomar decisiones en base a la información que presenta una mayor disponibilidad en nuestra mente, creyendo así que es más frecuente o probable de lo que realmente es. Un ejemplo de este tipo de heurístico es el miedo a la posibilidad de morir en un accidente de avión mientras que en el coche nos sentimos más seguros. O, por ejemplo, el miedo a morir en un atentado terrorista. O el miedo a morir asesinado, a la vez que se le resta importancia a los suicidios (cuando en realidad muere mucha más gente en nuestro país a causa de un suicidio que de un homicidio).

Por ejemplo, en un estudio dirigido en 1980 sobre la percepción de riesgos, los participantes debían indiciar entre diferentes pares de causas de muerte, aquella que tenía una mayor frecuencia y estimar en qué proporción se presentaban en la realidad. Antes de dar una muestra de los resultados, hay que destacar que los datos se comparan en base a estadísticas de la época en la que se realizó el estudio, por lo que hoy en día las probabilidades seguramente fuesen distintas debido a avances bien sea en seguridad, tratamientos o, por lo contrario, una mayor presencia de estas enfermedades en la población. Entre los juicios que se realizaron, nos encontramos con que la gente consideraba a los tornados como una causa de muerte más frecuente que el asma, o que morir por un accidente era más probable que morir por diabetes. La realidad es que morir por asma es 20 veces más probable que a causa de un tornado y morir por diabetes era 4 veces más probable que morir a causa de un accidente. (Slovic, Fischhoff, y Lichtenstein, 1980).

Finalmente, nos encontramos con el heurístico de la representatividad, del que vimos anteriormente un ejemplo con el problema de Linda. Es decir, juzgar la probabilidad de que algo o alguien (Linda) pertenezca a un conjunto (activista del movimiento feminista) en base a los parecidos que tiene con los miembros de ese grupo. O, por ejemplo, creer que un producto caro es bueno porque los productos buenos son caros.

¿Cómo afectan los sesgos cognitivos a nuestra vida diaria?

Pese a que podemos llegar a pensar que este tipo de pensamientos o de errores no llegan a influir en nuestra vida, lo cierto es que lo hacen más de lo que podríamos desear. Un ejemplo de las consecuencias colectivas podríamos observarlo en el miedo que se genera en la población tras un atentado terrorista y que puede llevar a un cambio en las políticas migratorias del país. Otro ejemplo lo podríamos ver la comparación de las medidas preventivas existentes dirigidas hacia los suicidios, 3602 víctimas mortales en 2015 según datos de la Asociación de Investigación, Prevención e Intervención del Suicidio (AIPIS), y a los accidentes de tráfico, donde hubo 1.131 víctimas mortales en ese mismo año según datos de la Dirección General de Tráfico, consumiendo mucho más recursos la segunda mientras que la primera se cobra muchas más vidas cada año.

Pero este tipo de sesgos y heurísticos pueden afectar incluso a la forma en la que valoramos nuestra vida. Por ejemplo en un estudio (Strack, Martin, y Schwartz, 1988), en el que a los participantes de les realizaban las siguientes preguntas: ¿Eres feliz? ¿Cuántas veces has hecho el amor esta última semana? (con los solteros se utilizaba la pregunta “¿con qué frecuencia tienes citas?”) se demostró que el orden en el que se presentaban estas afectaba a la valoración que ellos daban a su felicidad. Si en primer lugar iba la pregunta de “¿eres feliz?” la respuesta apenas correlacionaba con el número de citas/veces que hiciera el amor esa persona, pero cuando se realizaba después de preguntar por su vida sexual, la respuesta dependía en gran medida de esta (una correlación de 0,11 en el primer caso contra un 0,62 en el segundo).

En otra investigación (Schwarz et al., 1991), se estudió cómo influía el hecho de pedir a una persona un número específico de ejemplos, representativos de un atributo o conducta en concreto, en la idea que tiene esta persona sobre la frecuencia de esa categoría. Por ejemplo, pedirles a unas personas doce ejemplos de situaciones en las que actuó con seguridad y firmeza y a otras solo seis situaciones. El objetivo de este estudio era conocer qué influía más en los juicios de las personas sobre su carácter, la cantidad de ejemplos que encontraban o la facilidad con la que estos ejemplos acudían a la mente. Mientras que el grupo uno solo tenía que recordar seis situaciones (recordar 6 ejemplos de una determinada conducta es relativamente sencillo), el segundo grupo tuvo que hacer un esfuerzo para conseguir encontrar las 12 situaciones representativas. Los resultados fueron que aquellas personas que describían doce situaciones en las que habían sido firmes y seguros se consideraban menos seguras que aquellas que solo describieron seis, reflejando así que la facilidad con la que encontramos ejemplos sobre una determinada conducta o atributo influye más en nuestra percepción que la cantidad de ejemplos que puedan llegar a existir.

Otros ejemplos de cómo puede afectarnos el sesgo de disponibilidad es tener menos confianza en nuestra decisión cuantos más argumentos nos piden para defenderla, la valoración que tenemos sobre algo cuantas más características positivas le buscamos, etcétera.

Conclusiones

 

La finalidad de este artículo ha sido sumergirnos de forma superficial en el intrigante mundo de la toma de decisiones y conocer algunas  investigaciones existentes sobre la racionalidad humana.

Hemos visto como nuestras decisiones pueden verse comprometidas en base a sesgos cognitivos que pueden llevarnos a cometer errores de forma inconsciente, llegando a afectar desde a las políticas de un país a, incluso, la valoración que tenemos de nosotros mismos.

Espero que os haya gustado el artículo. En próximos artículos se desarrollará más la idea y se darán ejemplos más aplicados al mundo del deporte.





Referencias

 

Aranceta-Bartrina, J., Pérez-Rodrigo, C., Alberdi-Aresti, G., Ramos-Carrera, N., & Lázaro-Masedo, S. (2016). Prevalencia de obesidad general y obesidad abdominal en la población adulta española (25–64 años) 2014–2015: estudio ENPE. Revista española de cardiología69(6), 579-587.

Kahneman, D. (2011). Think fast think slow. New York: Farrar, Straus & Giroux.

Marina, J. A. (2012). La inteligencia ejecutiva. Barcelona: Ariel.

Mischel, W. (2014). The marshmallow test: understanding self-control and how to master it. New York: Little, Brown and Company.

Scott, J. (2000). Rational choice theory. En Browning, G. K., Halcli, A., y Webster, F. (2000). Understanding contemporary society: Theories of the present126-129. London: SAGE

Slovic, P., Fischhoff, B., & Lichtenstein, S. (1980). Facts and fears: Understanding perceived risk. In Societal risk assessment (pp. 181-216). Springer, Boston, MA.

Strack, F., Martin, L. L., & Schwarz, N. (1988). Priming and communication: Social determinants of information use in judgments of life satisfaction. European journal of social psychology18(5), 429-442.

Schwarz, N., Bless, H., Strack, F., Klumpp, G., Rittenauer-Schatka, H., & Simons, A. (1991). Ease of retrieval as information: another look at the availability heuristic. Journal of Personality and Social psychology61(2), 195.

Thaler, R. H. y Sunstein, C. R.(2009). Nudge: Improving decisions about health, wealth, and happiness. London: Penguins Books.

Tversky, A., & Kahneman, D. (1974). Judgment under uncertainty: Heuristics and biases. science185(4157), 1124-1131.

Tversky, A., & Kahneman, D. (1983). Extensional versus intuitive reasoning: The conjunction fallacy in probability judgment. Psychological review90(4), 293.

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