BENEFICIOS DEL EJERCICIO FÍSICO EN LA DEPRESIÓN

A lo largo de la historia se han resaltado los beneficios que el ejercicio físico tiene en nuestra salud, desde la antigua Grecia donde tenían una enorme devoción por el culto al cuerpo hasta los numerosos estudios que en la actualidad destapan la estrecha relación que hay entre la práctica de ejercicio y nuestra salud. Pero, pese a que inicialmente se concebía la salud como la mera ausencia de enfermedad, la definición de la palabra “salud” ha ido evolucionando a lo largo del tiempo. Actualmente, la Organización Mundial de la Salud (OMS) define la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. En lo que se refiere a la salud mental, nos encontramos con la presencia de diferentes trastornos, cada uno con unas características distintas. En el presente artículo hablaremos sobre la depresión, un trastorno mental que actualmente afecta a más de 320 millones de personas en el mundo según datos de la OMS, y cómo el ejercicio físico puede beneficiar a personas con este trastorno o sintomatología depresiva.

En España la depresión, según datos de la OMS, afectaba a 2.408.700 personas en 2015, representando al 5.2% de la población. La depresión es un problema de salud de origen multifactorial. Es decir, su origen se debe a factores biológicos, genéticos y psicosociales. Se caracteriza por un estado de ánimo reducido, pérdida de la capacidad de experimentar placer, una sensación de inutilidad, fatiga y preocupación por la muerte e, incluso, ideas suicidas. La depresión es algo diferente a sentirse “triste” durante unos días o una época determinada. Este trastorno mental es persistente e interfiere en el día a día de la persona que lo padece, ya sea en el ámbito laboral, educativo o social.

Los tratamientos actuales para la depresión con mayor presencia son los del tipo farmacológico y los psicoterapéuticos. Sin embargo, debido al estigma negativo del que sufre tanto el trastorno como sus tratamientos, la mayoría de las personas con depresión no buscan un tratamiento, e incluso no llegan a reconocer su condición de saludNational Institute of Mental Health, 2018; OMS, 2018) . Pero el estigma de estos tratamientos no es su único inconveniente. La ausencia de respuesta ante el tratamiento con antidepresivos es un problema que afecta hasta al 30% de personas que utilizan los inhibidores selectivos de recaptación de serotonina (ISRS), los antidepresivos más seguros, y hasta un 70% de estas personas no logran una remisión completa (Berlim, Fleck, y Turecki, 2008; Cain, 2007; O’Reardon, 1998). Como podemos ver, el alto porcentaje de personas que no reaccionan al tratamiento o no logran una remisión completa, el elevado número de personas que no buscan un tratamiento debido al estigma negativo asociado a estos, o que lo abandonan, y los efectos secundarios del tratamiento farmacológico (disfunción sexual, acatisia, síndrome de discontinuación o el aumento del riesgo de suicidio, entre otros) son algunas de las dificultades que presentan este tipo de tratamientos.

Figura 1: Consumo de antidepresivos en España.

Fuente: Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, 2016.

El ejercicio físico y la depresión.

La OMS define actividad física como “cualquier movimiento corporal producido por los músculos esqueléticos que exija gasto de energía”, es decir, que produzca un gasto energético mayor a la tasa de metabolismo basal de nuestro cuerpo (7). El ejercicio físico es un subconjunto de la actividad física, que en muchos casos se realiza para mejorar o mantener los componentes de la aptitud física, la cual es un conjunto de atributos relacionados con la salud o habilidades, siendo en la mayoría de los casos planificado y estructurado. Sabemos que tanto la actividad física como el ejercicio juegan un papel importante en la prevención de diversas enfermedades crónicas, como la diabetes, el cáncer, las enfermedades cardiovasculares o la obesidad (Fentem, 1994; Warburton,  Nicol, y Bredin, 2006).

Pero tanto la actividad física como el ejercicio también son interesantes de cara a conseguir mejoras en la salud mental. Mientras que por una parte la actividad física se asocia a un mayor estado de bienestar (Galper, Trivedi, Barlow, Dunn, y Kampert, 2006), la inactividad física está relacionada directamente con síntomas de ansiedad y depresión (Ströhle, 2009). En este artículo nos centraremos en cómo el ejercicio físico afecta de forma positiva a esta última.

Aunque las personas con depresión suelen ser menos activas físicamente, el entrenamiento aeróbico o el entrenamiento de fuerza han demostrado ser eficaces a la hora de reducir de forma significativa la sintomatología depresiva (Paluska, y Schwenk, 2000).

La línea de estudios sobre el ejercicio físico como tratamiento para la depresión comenzó hace más de un siglo, cuando Franz y Hamilton (1905) encontraron, en dos pacientes gravemente deprimidos, mejoras en síntomas emocionales, cognitivos y corporales tras la práctica de ejercicio. Este estudio dio pie a diferentes investigaciones desde ese mismo año hasta la actualidad, donde el ejercicio físico ha manifestado efectos beneficiosos en diferentes poblaciones con sintomatología depresiva.

Así, diferentes estudios que analizaban los beneficios del ejercicio en grupos con diferentes características encontraron resultados positivos en la población mayor de 65 años, de por sí, excepcionalmente vulnerable a la depresión. (Kerse et al., 2011; Nguyen, Koepsell, Unützer, Larson, y LoGerfo, 2008; Salguero, Martínez-García, Molinero, y Márquez, 2010)) , en adolescentes (Hong et al., 2009), en pacientes con esclerosis múltiple (Stroud y Minahan, 2009), en mujeres adultas (Chu, Buckworth, Kirby, y Emery, 2009; Teychenn, Ball, y Symon, 2010), en madres de hijos entre los 3 y 19 meses de edad (Craike, Coleman, y MacMahon, 2010) y en la población general con Trastorno Depresivo Mayor o depresión grave (Callaghan, Khalil, Morres, y Carter, 2011; Mota-Pereira et al., 2011;; Schuch, Vasconcelos-Moreno, Borowsky, y Fleck 2011).

Como podemos ver, el ejercicio tiene un efecto beneficioso significativo en la sintomatología depresiva, equiparables a los de otros tratamientos predominantes (Blumenthal et al., 1999), en diferentes muestras de la población que presentan una gran variedad de características. Sin embargo, a diferencia de otro tipo de tratamientos, el ejercicio no presenta un estigma social negativo ni supone un elevado coste económico, lo que puede facilitar la adherencia al tratamiento.  

Además, la depresión es un trastorno mental con un alto grado de comorbilidad. Es decir, que se presenta habitualmente de forma conjunta con uno o más trastornos o enfermedades. Entre las enfermedades que se suelen presentar conjuntamente con la depresión se encuentran el cáncer, la diabetes, las enfermedades cardiovasculares, la obesidad, etcétera. Como ya hemos mencionado anteriormente, el ejercicio físico es una herramienta preventiva eficaz para estas enfermedades (Fentem, 1994; Warburton, Nicol y Bredin, 2006), pero también para otros trastornos mentales que presentan un alto grado de comorbilidad con la depresión, como es la ansiedad. (Bui, y Fletcher, 2000; Cox, Thomas, Hinton y Donahue, 2004; Sale, Guppy, y El-Sayed, 2000; Simons, y Birkimer, 1988; Smits et al., 2008, Williams, y Lord, 1997). Por esta razón el ejercicio, una de las principales recomendaciones para este tipo de enfermedades, es tan interesante de cara a afrontar este trastorno.

Pero, ¿a qué se deben estos efectos? ¿A través de qué mecanismos de acción el ejercicio afecta de forma positiva a la sintomatología depresiva? Pese a que existen diferentes mecanismos de acción, que abordaremos a continuación, es posible que estos actúen como un todo y no de forma individual. Sin embargo, hoy en día aún no existe un modelo concluyente que explique la actividad antidepresiva del ejercicio.

Entre los diferentes mecanismos de acción más estudiados en la actualidad, podemos diferenciar aquellos de carácter biológico (neurogénesis, metabolismo y síntesis de serotonina, segregación de b-endorfinas, la liberación de algunos factores neurotróficos, la disminución de la inflamación corporal o la mejora en la calidad del sueño) y aquellos de carácter psicosocial (aumento de la autoeficacia, de la confianza, mejora del autoconcepto, incremento de la red social, una mayor autonomía, etcétera).

En el presente artículo nos centramos en los primeros. Uno de los mecanismos que más atención ha acaparado en los últimos años ha sido la neurogénesis, que es el proceso a partir del cual se generan nuevas neuronas. Fue Kempermann (2002) quien propuso que la depresión mayor podría ser resultado de una perturbación en la plasticidad neuronal y la neurogénesis del hipocampo adulto (Kempermann, 2002).  La neurogénesis en personas adultas tiene lugar en dos zonas neurogénicas especializadas, que son la zona subventricular del ventrículo lateral y la zona subgranular del giro dentado del hipocampo (Ming y Song, 2011), habiéndose asociado una disminución de la neurogénesis provocada por diferentes causas, como el envejecimiento o el estrés, con la patogénesis de trastornos como la depresión y la ansiedad (Lie, Song, Colamarino, Ming, y Gage, 2004; Mirescu, y Gould 2006).

Existen diferentes estudios que han demostrado que el ejercicio voluntario contribuye a la salud cerebral a través de la neurogénesis del hipocampo adulto (Ernst, Olson, Pinel, Lam, y Christie, 2006; Olson, Eadie, Erns, y Christie, 2006; Pereira et al., 2007; ). El ejercicio actúa estimulando el crecimiento de nuevas células nerviosas y la liberación de proteínas para mejorar la salud y la supervivencia de estas células (Cotman, y Berchtold; 2002).  Además, existen numerosos estudios que asocian la atrofia del hipocampo adulto con la depresión mayor (Bremmer et al., 2000; Sheline, Wang, Gado, Csernansky, y Vannier, 1996). En relación con esto, el ejercicio aumenta la liberación y síntesis de diversos factores neurotróficos relacionados con un mejor funcionamiento cognitivo, una mayor plasticidad cerebral y un aumento de los procesos de neurogénesis y angiogénesis.

El primero de ellos es el Factor Neurotrófico Derivado del Cerebro (BDNF) (Heyman et al., 2012), cuyo aumento a través del ejercicio físico parece mejorar la atrofia del hipocampo y reducir la depresión (Erickson, Miller, y Roecklein, 2012). De hecho, se está estudiando la prevención de la reducción de los niveles de BDNF y de la atrofia del hipocampo, así como la disminución de la neurogénesis, como uno de los mecanismos de acción de la medicación antidepresiva (Malberg, Eisch, Nestler, y Duman, 2000; Santarelli, Saxe, Gross, Surget, Battaglia, Dulawa, y Belzung, 2003; Schmidt, y Ruman, 2007).

Otro factor neurotrófico correlacionado con la mejora cognitiva y la neurogénesis es el Factor de Crecimiento Insulínico de Tipo I (IGF-1). El ejercicio aumenta los niveles de IGF-1, que disminuyen en adultos mayores con un bajo rendimiento cognitivo (Landi et al., 2007). El entrenamiento de fuerza parece ser más interesante de cara  a conseguir un aumento de los niveles de IGF-1 que el ejercicio aeróbico. Por ejemplo, en un estudio llevado a cabo por Cassilhas et al., (2007) en personas mayores, que habían seguido un programa de entrenamiento de fuerza de 6 meses de duración, se observó una mejora en el funcionamiento cognitivo y un incremento en los niveles de IGF-1.

El ejercicio también regula la expresión del Factor de Crecimiento Endotelial Vascular (VEGF). Este regula la proliferación de las células endoteliales y la angiogénesis, pero también tiene efectos neuroprotectores, neurotróficos y neurogénicos. Los efectos interactivos de IGF-1 y VEGF parecen coordinar la neurogénesis inducida por el ejercicio y la angiogénesis, que se asocia con un aumento en el VEGF cerebral (Cotman, Berchtold, y Christie, 2007).

Respecto a los neurotransmisores, el ejercicio incrementa el nivel de algunos como la serotonina, la dopamina, la acetilcolina y la norepinefrina. Winter et al., (2007) observaron un fuerte aumento de los niveles plasmáticos periféricos de catecolaminas (NE, 5HT, D) después de un ejercicio intenso en humanos. Sin embargo, por lo que sabemos hasta ahora, determinadas aminas como la serotonina o la dopamina no atraviesan la barrera hematoencefálica, por lo que se han estudiado diferentes vías de acción que explican estos efectos, aunque no los trataremos en el presente artículo.

Como último mecanismo de carácter biológico al que haremos mención en este artículo, pero no por ello menos importante, se encuentra la inflamación. El proceso inflamatorio está dirigido por el intercambio de citoquinas, cuya principal función es la regulación del mecanismo inflamatorio. Actualmente, existe el reconocimiento de que los trastornos depresivos podrían ser mejor caracterizados como condiciones de la activación inmune, especialmente debido a la hiperactividad de respuestas inflamatorias. Existe una creciente apreciación de la importancia de los procesos inflamatorios en diversas enfermedades como la diabetes, el cáncer o las enfermedades cardiovasculares (Wellen, y Hotamisligil, 2005; Willerson, y Ridker; 2004).

Así mismo, los datos de estos estudios indican también que la inflamación también puede desempeñar un papel importante en diversos trastornos neuropsiquiátricos, incluyendo la depresión. Existe la evidencia de que muchos trastornos inflamatorios como la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, las enfermedades cardiovasculares y algunos trastornos inmunes, así como trastornos neuroinflamatorios (esclerosis múltiple y trastorno de Parkinson) y afecciones inflamatorias (hemodiálisis y posparto) pueden desencadenar depresión clínica (Howren, Lamkin, y Suls, 2009).

También se ha analizado en roedores como afectaría la administración aguda o repetida de LPS, IL-1 e IL-6, dando como resultado la inducción a un "comportamiento de enfermedad", un complejo de síntomas caracterizado por anorexia, pérdida de peso, trastornos del sueño, supresión del comportamiento social, locomotor y anhedonia, es decir, todos los síntomas clave de la depresión mayor (Dantzer et al., 1998; Maier y Watkins, 1995).

Las citoquinas proinflamatorias interactúan con muchos de los dominios fisiopatológicos que caracterizan la depresión, incluyendo el metabolismo del neurotransmisor, la función neuroendocrina, la plasticidad sináptica y el comportamiento (Raison, Capuron, y Miller, 2006). En esta línea, podemos centrarnos en dos relaciones diferentes: aquellas que asocian el ejercicio físico con la inflamación, y las que relacionan ésta última con el sedentarismo. En la primera, el efecto protector del ejercicio podría explicarse por la teoría de la hormesis, en la que dosis bajas de toxinas y/o radiación pueden ejercer efectos beneficiosos en los organismos (Stebbing, 1982).

Se ha encontrado evidencia de que el ejercicio provoca, en un primer lugar, una respuesta inflamatoria debido a la generación especies reactivas de oxígeno (Sachdev y Davies, 2008) y citoquinas inflamatorias, que pueden dañar transitoriamente las células musculares, causando fatiga muscular, dolor e inflamación. La producción de ROS inducida por el ejercicio juega un papel clave en la inducción de antioxidantes, reparación de ADN y enzimas degradantes de proteínas, lo que resulta en una disminución de la incidencia de enfermedades relacionadas con el estrés oxidativo.

A esta respuesta inflamatoria le sigue una respuesta antiinflamatoria, debido a la inducción de sustancias como la IL-1ra y IL-10. Por tanto la recuperación a la primera respuesta inflamatoria, causada primeramente por el ejercicio, inducida por IL-6, amortigua la respuesta inflamatoria y la actividad de explosión oxidativa (Walsh et al.,2011) .

El ejercicio crónico o regular, por lo tanto, baja la regulación de la inflamación sistémica a través de la adaptación homeostática. Por el contrario, y en contraposición a la relación existente entre el ejercicio y la inflamación, nos encontramos con la asociación entre un estilo de vida sedentario y los niveles de inflamación, pese a que aún se necesitan más estudios.

Por otra parte, el ejercicio también produce beneficios de carácter psicológico, como ya hemos mencionado con anterioridad, en los que juega un papel muy importante. Así, podemos ver que a través de la práctica del ejercicio físico las personas pueden ver incrementado sus niveles de autoeficacia (Bodin, 2004), una mejora de su autoconcepto y autoestima (Fox, 2000), un incremento de la red social de la persona, una menor tasa de absentismo laboral (Kuoppala, 2008) y una mayor autonomía, aspecto especialmente relevante en la tercera edad, población con el mayor porcentaje de personas con sintomatología depresiva.

Conclusiones

Como podemos ver, el ejercicio es una herramienta interesante para mejorar la sintomatología depresiva e, incluso, para tratar a personas con trastorno de depresión.  A diferencia de los tratamientos actuales, el ejercicio no está condicionado por un estigma social negativo, ni supone un alto elevado coste económico para las personas que quieran comenzar a practicarlo, por lo que se ve favorecida la adherencia de este tipo de intervención.

Además, se presenta como un factor clave que el ejercicio sea una de las principales recomendaciones para enfermedades que se presentan de forma habitual junto a sintomatología depresiva o Trastorno Depresivo Mayor, y también está especialmente recomendado a la población de la tercera edad, a la que parece afectar especialmente este trastorno. Por otra parte, la mayoría de los estudios se centran en la práctica de ejercicio aeróbico, siendo insuficientes los estudios que analizan los beneficios de los ejercicios de fuerza en la sintomatología depresiva.

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